Celestina, la tragicomedia de Atalaya en la CNTC
Supe de mi amor por la literatura clásica cuando aún muy niña, en la búsqueda de un paraíso terrenal inexistente, cayó en mis manos un hermoso ejemplar de libro, encuadernado en piel roja, que con incomprensibles, aún para mí, letras de oro decía: “La Celestina” de Fernando de Rojas. Desde la perplejidad, intuía que algo elevado estaba inmortalizado en aquellas páginas de color sepia.
Sé de mi renovado amor por el teatro, cuando ayer entre los ruidos de bolsas de plástico y móviles de un profanador público, las emociones me arrojaron una tabla de salvación, para un viaje en el que de la mano de Ricardo Iniesta, Elicia, Areúsa y una soberbia Celestina, eran rescatadas del escarnio de una hipócrita sociedad que compra los servicios de supervivientes prostitutas, pero que se niega a nombrarlas y reconocerlas como lo que son: sus iguales.
La fuerza de una puesta en escena por la Compañía Atalaya, evocaba imágenes que hacen justicia a un texto que minimiza a Calisto, el hombre, elevando a la categoría de diosa a Melibea, la mujer, y que apalea las castas y aquellas construcciones sociales opresoras de la condición humana en cualquiera de sus manifestaciones: el linaje, el ideal de belleza masculino, la sexualidad manipulada por los hombres, el matrimonio… ladrillos de un muro que va siendo derribado por la inteligencia, astucia, determinación y el coraje de unos personajes femeninos, que más allá de sus circunstancias, elevan un sonoro canto al deseo de vivir con mayúsculas.
Ante la grandeza del texto, añoré en este viaje una ruta interior hacia la necesidad de superar ese vigente e interesado consenso social sobre el placer y el disfrute en un modelo de sexualidad que olvida a las mujeres. En la afirmación de Elicia: “yo le tengo odio a este oficio” está contenida la letra de una asignatura pendiente: alcanzar cotas más humanas e igualitarias en las relaciones sexuales.
La propuesta coloca un espejo delante del ser humano: su codicia, orgullo, envidia,… la estúpida venda en los ojos para sostener el propio egoísmo…
Al contemplar la verdadera imagen…
¿Volveremos a colocarnos de espaldas al espejo?.
Paloma Martín

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