«La Plaza del diamante» en el Teatro Bellas Artes
La belleza de un texto necesita de varios maestros para poder ser emitida y expresada con total lealtad y para que esa belleza llegue a nuestro corazón más profundo.
En el texto de Mercé Rodoreda el simbolismo, el constumbrismo y la descripción narrativa e histórica se dan la mano fuertemente, de manera indisoluble. En la cara de Lolita Flores se concentran con fuerza todos esos elementos como altavoz de sonido cristalino que nos transmite los sentimientos a flor de piel.Lolita desgaja la historia en un monólogo íntimo que nos va poniendo la piel de gallina a cada palabra que pronuncia sentada en un viejo banco desgastado por el tiempo, como la protagonista. Se me hacía difícil imaginar a Lolita con esa templanza y sabiduría interpretando a Colometa habiéndola visto tantas veces desgarrarse sobre un escenario en otras lides… pero ¡ah!¡ sorpresa! Allí no había ninguna Lolita…estaba el personaje representado en cuerpo y alma.
Es necesario sumergirse en la historia de Colometa para sentir las heridas que provocó en Rodoreda la Guerra Civil Española, pero también para conocer el alma de muchas mujeres que lucharon en un mundo injusto, a su manera, humildemente y que sobrevivieron como verdaderos caballos sicilianos. Rodoreda escribió esta obra en el exilio, una vez pasadas las calamidades de las Guerras que le dejaron esa huella tan profunda y que tan bien reflejó en su escritura. Carles Guillén y Joan Ollé han sabido adaptarla y elegir a la protagonista desde ese amor que sentían hacia la escritora y eso ha provocado una conjunción de fuerzas que hace imposible no querer volver a verla. Enhorbuena.
Luis Mª García Grande.


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