Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

Jan Fabre, el visionario insomne

He tenido que dejar pasar un tiempo después de la experiencia de Monte Olympus, como se deja pasar el tiempo tras un día de desenfreno sexual y emocional, cuando se alargan las horas para seguir con el aroma de la piel de otro cuerpo en las fosas nasales. O cuando has estado velando a un familiar muerto, sabiendo que esa noche será la última que podrás mirar su rostro antes de que se convierta en polvo…Esas noches dejan la cabeza ebria y el cuerpo maltrecho, como si hubieras tenido un accidente y la conmoción estuviese a medio camino entre el placer y el dolor.

Ahora entiendo, tras haber vivido la experiencia de las 24 horas de Monte Olympus, lo que vive cada noche de insomnio Jan fabre y lo que pretende que el público sintamos frente a ese torrente de imágenes y sensaciones inagotables que es este periplo. No es un viaje ascendente hacia la cima de la montaña, es un descenso y caída por un acantilado hacia los infiernos y paraisos más temidos, aquellos donde todo está escrito de sangre y purpura. Pocas veces ocurre que días antes ya esté el cuerpo y la mente en estado alterado, como esperando que llegue la celebración, el mismo día experimenté una preparación sensible para el rito…¿Sería así para los griegos?.

Cuando se entró en la sala, dos seres blancos esperaban en la escena, como recibiendo nuestra energía. No había nada más que ocho mesas blancas también, cuatro a cada lado y una pantalla gigante al fondo, blanca…Era un espacio a medio camino entre un tanatorio o la sala de bodas de un pueblo antes de la fiesta…¿Qué banquete nos van a ofrecer?… Todo el mundo se mira en el patio de butacas…Hay una mezcla de inquietud y excitación…

Y empieza el viaje…La escena se llena de seres mágicos que entran en extásis bailando frenéticamente…Ya no hay vuelta a atrás, el cuerpo no responderá a la mente aunque las horas de madrugada hagan desfallecer…Los ojos duelen pero es imposible dejar de mirar la escena, nada de lo que ocurre allí deja indiferente y hay que esperar a lo que pueda llegar, no perder detalle…

No me voy a acordar de las cosas que no me interesaron, de las redundancias, de las repeticiones…de cada momento en el que estuvimos contra los límites físicos, emocionales o sensoriales. Voy a recordar la belleza salvaje que de repente inundaba la escena, la suspensión del tiempo y el dolor en imágenes poderosas abortadas de una pesadilla, de la locura sin límites en los constrastes que se componen como si un cincel arañase la escena…

Ahora, pasadas las horas…recorto los momentos que me dejaron sin pulso, los monto en mi memoria como si de un videoclip único se tratáse y lo guardo en algún rincón de mi cerebro. No volveré sobre ello, lo dejaré reposar en mi imaginario para que alimente mi locura y el placer por el misterio, lo desconocido, lo imposible…

Jan Fabre ha de exorcizar los fantasmas que le asaltan en las noches de insomnio, ha de liberar su cabeza de los monstruos que le visitan…que bueno si el horror se puede tornar belleza y animar al mundo a soñar despierto, en vigilia…en sueño.

Hay sueños que se componen de pesadilla y ternura, esa es la clave, aceptar que la tragedia y lo grotesco pueden convivir, es una forma de ser más libre en la vida, en este mundo cargado de horror y muerte.

El viaje llega a su fin y termina con la misma energía y generosidad de un equipo de interpretes sobrenaturales, hacen que lo sencillo sea mágico y que lo difícil se convierta en oxigeno. Ellos son los artifices de este monumento creativo…Me niego a poner etiquetas a este trabajo, ni como genero ni como valoración. Los que estuvimos allí las 24 horas, cuidados por el teatro del Canal y su personal, sabemos lo que se experimentó y es algo muy difícil de traducir en palabras.

Ya está, ahora hay que volver a la realidad, a ese día a día donde lo feo nos sale al paso y la transgresión la amordazamos en la pelvis.
Adolfo Simón

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