«Donde el bosque se espesa» de Laila Ripoll y Mariano Llorente en el Teatro Español
Antonia e Isabel reciben el día de la muerte de sus madre una caja cerrada que la difunta había guardado durante años y cuya existencia desconocían. Esa caja contiene alguna carta, fotografías, postales, medallas, mapas, objetos, en fin, que vienen a cuestionar todo lo que Antonia creía acerca de su familia. Isabel se niega a mirar y no se hace preguntas. Antonia y su hija Ana, sin embargo, miran, preguntan, inquieren, reflexionan, dudan, se atormentan y persiguen al fantasma de un abuelo y un bisabuelo que no parece ser el que ellas creían. Todo ello para desazón de Zoran, el paciente y atento marido y padre yugoslavo de nuestras protagonistas. Esta breve sinópsis solo es el punto de partida de una inmensa tela de araña que se va construyendo ante los ojos del público, donde quedarán atrapados los personajes de un tiempo remoto donde hubo acontecimientos terribles muy parecidos a los que ocurrieron no hace mucho, en otro lugar pero la misma sangre fruto del horror. Como en las muñecas rusas que hay en la caja de metal, van apareciendo fantasmas que se evaporan cuando cambian de identidad. Un viaje vertiginoso donde la documentación es precisa y dolorosa que, al cruzarse con la fábula creada por los autores, construye un universo épico más allá de las circunstacias aparentes, un trayecto que va desde la mirada deslumbrada a la ceguera que conduce al otro lado de la verdad. Y si el texto es valiente y comprometido, la puesta en escena no da opción para el olvido, para mirar a otro lado, con toques performáticos y cabareteros, se van engarzando las líneas de la tela de araña donde todos quedaremos atrapados, en una catársis que nos ciega la mirada para ver el fondo de la naturaleza humana.
Adolfo Simón



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