Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

El enemigo del pueblo en el Teatro Pavón Kamikaze

Ibsen ya vio que la sociedad de su tiempo y futura iba a enfermar rápidamente, que los héroes no podían ser gente de a pie porque serían los primeros en querer alcanzar el olimpo de los dioses y con ello, la miseria humana. En Casa de muñecas ya vaticinó que el simio hombre tenía los días contados aunque sigue acuchillando a las mujeres para mantenerlas bajo su yugo. Y en El enemigo del pueblo, puso la mirada sobre ese ente abstracto que es la sociedad, tras el que se esconde la cobardía y la miseria. Por ambas obras fue criticado y excluido de la “buena sociedad”. Hoy, más de un siglo después, ambas obras son más necesarias que muchas de las historias que se abordan dramatúrgicamente y que huyen de mirar a los ojos al lobo que todos llevamos dentro. Àlex Rigola no pierde el tiempo en la adaptación, lo importante no es transcurrir por la trama si no ir a la esencia de la obra, a aquello que todos evitaríamos mirar y adornaríamos para no enfrentarnos a los «otros». La pieza estrenada en el Teatro Pavón Kamikaze es un ejercicio brechtiano a tope, radical y directo. Desde el principio se pone en manos del «respetable» asumir la decisión de qué hacer una vez se tiene derecho a votar y elegir. Y ahí está lo interesante, no tanto en lo que ocurre con el texto de Ibsen si no lo que ha de moverse en las tripas y el cerebro de los asistentes. Los actores solo ponen el plato en la mesa, dejando que el público lo paladee o lo devore. Y de nuevo, aparece el miedo a perder, a no ser, a no tener lugar, a quedarse solo…Aunque el hombre más fuerte siempre estará solo.
Adolfo Simón

 

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