Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

«Los santos inocentes» en el Matadero.

La película que hizo Mario Camus es una obra de arte, difícil de olvidar. Cuando se anuncia una versión teatral de una novela o película de éxito, siempre aparece la duda de si superará o dará una visión nueva sobre la obra original. En este caso, el mismo temblor invade la butaca antes del comienzo. Pocos minutos después del inicio, se desvanece el recuerdo de la película y uno se sumerge en este nuevo universo que, aprovechando las leyes del escenario, construye una nueva metáfora sobre la novela de Miguel Delibes. Javier Hernández Simón ha conseguido extraer, junto a Fernando Marías el corazón de la novela, sin perderse por las ramas donde revolotea Milana. También es un acierto el espacio, ese campo abierto, áspero, donde ocurre todo ante los ojos del público, con una estructura vertical que sirve para tratar de alcanzar el cielo poblado de pájaros. Y al fondo, las puertas de los distintos mundos…la miseria, la ambición y el poder… Pero todo esto no funcionaria si no hubiese un plantel de actores y actrices fantásticos que transitan por las luces y las sombras de un país que parece haber desaparecido pero que, cada vez amenaza con que vuelva la intolerancia y el sometimiento de unos sobre los otros. «Los santos inocentes» no son parte de una época, desgraciadamente, forman parte del presente en muchos lugares del planeta y, gracias a este trabajo, se puede mantener la alarma ante un mundo irracional que siempre está al acecho. Solo estará un mes en el Matadero, corran antes de que se agoten las entradas.

Adolfo Simón

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