«Laberintos de memoria» en el Real Coliseo Carlos III
El pasado sábado tuve la inmensa suerte de poder asistir a «Laberintos de Memoria» en el teatro Real Coliseo Carlos III, en San Lorenzo del Escorial.
El reducido grupo del que formé parte asistimos a una peculiar forma de espectáculo, híbrido entre la instalación y el teatro de objetos.

Todo comienza en el hall del teatro, donde el propio Adolfo Simón, transmutado en mago, nos recibe con una baraja del tarot. Sobre las cartas, se irán colocando unos pequeños objetos, dispuestos y aleatoriamente seleccionados por el público, que decidirán el viaje que haremos entre dos posibles recorridos: otoño o invierno.
A nuestro grupo, las cartas nos revelaron el otoño.
Se establece de este modo el código mágico de acceso a este laberinto de memoria, y a la relación entre nosotros y los objetos que la contienen.

Una relación que será de ida y vuelta, un diálogo en el que, recorriendo los diferentes espacios de un precioso teatro como es el Coliseo Carlos III, los objetos rescatados nos irán revelando cómo interaccionan entre sí, cómo los dotamos de significado con nuestra mirada, nuestra experiencia y nuestra historia. Y cómo nos muestran su belleza a través de su poética.
Los objetos son también lo que decidimos creer que sean, y lo que se hacen unos a otros al entrar en relación, en armonía o conflicto.
Nos vamos a dejar llevar por él, vamos a confiar en este mago, y nos adentraremos en un recorrido a través del teatro en el que la magia, en ese encuentro con nosotros mismos desde la creencia, nos hará descubrir las resonancias que esas memorias tienen en ese presente, pasado y tal vez, si prestamos atención, en nuestro futuro.
Las cosas van poco a poco dejando de ser cosas, el objeto se trasmuta en sujeto gracias a nuestra mirada interrogante y a la manipulación que Simón hace de él, a las relaciones poéticas y oníricas que establece entre unos y otros.

Y esos objetos/sujetos, a su vez, nos lanzan preguntas a nosotros.
¿Qué significa ese objeto en relación a ese otro para mi? ¿Es lo mismo que para la señora de 70 años que está a mi lado?
Las respuestas a esas preguntas van dejando de ser individuales para ser colectivas, porque se anima a dialogar, a intentar resolver juntos aquello que vemos, a desentrañar su misterio, y eso nos configura como protagonistas y creadores de las historias que encierran estos dispositivos objetuales que Adolfo Simón presenta ante nuestros ojos.
Cada objeto parece corresponder, con asombrosa puntería, a un lugar de tu mapa vital; objetos extraños, olvidados, juguetes-rotos, objetos que perdieron su utilidad hace años, aparentemente inservibles, y que sin embargo custodian fragmentos de una vida, la suya, la tuya, porque te han acompañado en las estanterías o en el fondo del cajón de mañana-lo-ordeno; te han escuchado desde sus rincones tal vez discutir con tu madre o celebrar un último cumpleaños con tu abuela; fueron testigos de los más insignificantes -y significantes- de tus acontecimientos, y de los de otros, porque de la caída por el agujero de tu bolsillo vivieron la gran aventura por las alcantarillas, y por eso también ellos mismos, que han sido infinitos, son oscuros, tristes, como lo son algunos de nuestros recuerdos.

Expuestos en ceremonia, y dejándose observar en su composición, adquieren una narrativa fantástica y surrealista que te atraviesa, llevándote a evocar sensaciones que ya iban cogiendo polvo (aquellos recuerdos de patio de recreo, de meriendas después de clase, en la casa fresquita y sí, quizás también siniestra de tu pueblo… Es terrorífico enfrentarse a atravesar una puerta pequeña siendo gigantes).
En definitiva, y sin querer spoilear, para mí «Laberintos por la Memoria» ha resultado un ejercicio bello de creencia animista, una aventura por el mundo de los sueños de la que me gustaría destacar la instalación de una biblioteca de “maravilla”: «Books», donde viejos volúmenes, alumbrados bajo una nueva luz, nos hacen descubrir en nosotros mismos un fetichismo por el objeto, unas ganas ansiosas de revolver en nuestros trasteros, de saludar a viejos amigos y recuperar historias que, bajo esa luz, serán siempre nuevas.
Laura del Tío

Fotos de Luis García Grande

Debe estar conectado para enviar un comentario.