Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

«RIGOLETTO» en el Teatro REAL


Elevar a un bufón a una estatura trágica digna de un Macbeth o un Lear es un reto al alcance de muy pocos, y más cuando se acomete por primera vez en la historia de la ópera. La sustancia dramática shakesperiana recorre las venas de este Rigoletto, aunque su trama proceda en realidad del polémico Le roi s’amuse de Victor Hugo.

Esta obra permaneció prohibida en Francia durante más de cincuenta años, pero los censores austriacos se conformaron con degradar al monarca del título a la categoría de duque para menguar las dimensiones del magnicidio —en grado de tentativa— que constituye el nudo de la trama. Pasaron por alto, sin embargo, los cruciales monólogos del bufón —«Pari siamo» y «Cortigiani»—, convertidos gracias a la música de Verdi en dos insospechadas expresiones de protesta y resentimiento social.

Poliédrica como acaso ninguna otra ópera verdiana —tierna y a la vez cruel, y atravesada por singularísimos trazos de humor negro—, Rigoletto es también un conmovedor estudio sobre el amor paterno filial: una fábula sobre la sobreprotección paterna y la emancipación filial resuelta mediante la desmesurada gestualidad del Grand Guignol.

Miguel del Arco, director de escena, es conocido por ser el director de la obra teatral Jauría, en la que se inspira esta nueva producción. En esta ocasión, y para mostrar este libreto de drama, pasión, engaño y venganza, representado en más de 300 ocasiones en el Teatro Real, el director de escena utilizará el cortejo y secuestro de Gilda, hija del protagonista, para enfatizar la indefensión de una mujer frente a un grupo de hombres en el que se discute el concepto de la masculinidad de la sociedad. Con las grandes voces de Javier Camarena, Xabier Anduaga, Ludovic Tézier, Adela Zaharia o Julie Fuchs.  

Esta nueva producción sitúa la acción en un universo que parte de una localización casi festiva al inicio para ir derrapando poco a poco hacia un territorio de oscuridad poética, de nocturnidad dolorosa. La propuesta de dirección sitúa a la mujer en el centro de una trampa abismal manejada por los hombres y de la cual será víctima en cada momento, en esa caída al vacío de mano en mano, como una mercancía más. Todos los elementos plásticos apoyan una transformación que va de lo luminoso ficcional a una oscuridad laberíntica por la que deambulan las mujeres como zombies. El trabajo corporal que propone Luz Arcas acentúa ese mundo de muñecas rotas por una sociedad insensible. La música elevó todo el tiempo la ensoñación de esta pesadilla poética.

Adolfo Simón

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