Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

Israel Galván con «La consagración de la primavera» en CondeDuque

Acompañado en escena por los pianistas, Daria van den Bercken y Gerard Bouwhuis, Galván utiliza su cuerpo como instrumento consumido por el ritmo de la partitura de Stravinsky. Tras este torbellino, se impone la cadencia, más tranquila, de la Sonata K87 de Scarlatti y la pieza post-clásica Winnsboro Cotton Mill Blues de Frederic Rzewski. Ambas ofrecen el contrapunto perfecto a la fuerza telúrica de Stravinsky. Israel Galván cierra la actuación con un alegre homenaje a su ciudad natal, con una sevillana del siglo XVIII.

No hay vuelta a atrás en la carrera de Israel Galván, una vez dio el salto vertiginoso de la tradición flamenca a la búsqueda de la contemporaneidad en su discurso escénico, ha entrado en un universo personal, de riesgo, sin vacilación; es lo que diferencia a los grandes artistas: No temer a lo desconocido y acercarse a ello con sencillez. En esta pieza, de nuevo solo, indaga sobre unas obras clásicas sin caer en la condescendencia. Podría ser un concierto de dos pianos con sombras telúricas en el aire. Pero no, la música inunda nuestros oídos pero no podemos apartar la vista de cada salto al vacío en esa constelación que crea en la escena y por la que transita luchando contra materiales y fantasmagorías. De nuevo el Galván austero y auténtico, ese que deja impresas imágenes en nuestro cerebro para siempre.

Adolfo Simón

Los comentarios están cerrados.