«El castor que lloraba» en la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
Casi 400 años más tarde, vuelven a llegar al escenario los cuatro carros que cargaban las escenografías de El gran teatro del mundo. Dentro llevan, como antaño, pedazos de naturaleza y artefactos de magia escénica, peñascos y montes que se convierten en grutas, escenarios y maquinaria como los descritos por Calderón de la Barca en las memorias de apariencias de cada auto sacramental.
La propuesta es una instalación en la que el público mira por la rendija de una caja y al tiempo es mirado por un grupo espectadores sentado en la grada. Así, se da el juego de espejos que planteaba Calderón en el Gran Teatro del Mundo. Una obra cerca de las propuestas interactivas que se pueden encontrar en un museo contemporáneo.
Adolfo Simón


Debe estar conectado para enviar un comentario.