«Nada» en el María Guerrero del CDN.
Barcelona, septiembre de 1939. Después de la guerra civil española muchísimas familias se ven condenadas a una destrucción moral y física devastadoras. Cuando Andrea llega a la casa familiar de la calle Aribau para estudiar su primer año de universidad ya nada se parece al ambiente cálido y alegre que ella conoció de pequeña. Ahora se da cuenta de que sus tíos Román y Juan, su tía Angustias, Gloria, la abuela y Antonia viven inmersos en un ambiente de tensión permanente y atmósfera irrespirable. La familia ha perdido su propio relato. Después de la guerra ningún relato coincide. Ningún relato repara. Ninguno salva. Sobre el escenario, un ambiente endiablado de muebles y personas; y un latir de sueños rotos, súplicas desesperadas y deseos inconfesables.
Es muy complicado trasladar una novela al cine o al teatro. Habitualmente se peca de querer trasladar minuciosamente todo lo narrado en el libro o se cae en la tentación de abstraer y quedarse solo con la esencia. Casi siempre deja insatisfecho a todo el mundo, al lector porque no ve la novela en la escena y al creador escénico porque no sabe cómo gestionar la abundancia narrativa. En «Nada» se da una adaptación que genera varios planos interesantes, uno en el que la protagonista narra lo que va ocurriendo en el relato, a veces cruzado por momentos en la escena que completan la historia. Esto que podría ser una saturación informativa provoca lo contrario, permite sumergirnos a fondo en la historia y, además, nos deja espacio para que podamos imaginar nuestra conexión con la vida de aquella joven que viaja a una ciudad tras la guerra, en la que se encuentra un mundo insoportable. La puesta en escena se nutre de esta adaptación y consigue momentos de gran poética escénica, en la que conviven mundos y seres que, superpuestos, nos muestran la profundidad compleja de aquel tiempo.
Adolfo Simón


Debe estar conectado para enviar un comentario.