«Los de ahí» en el María Guerrero.
Un páramo apenas alejado de la urbe. Una ciudad extranjera. La máquina emplazada en el monte, una especie de taquilla inteligente organiza los pedidos. Los de ahí: Nuno, Munir, Dani y Eduardo esperan la señal, el sonido que les anuncia su próximo destino. La dirección del envío aparece en el mapa de sus teléfonos entre palabras ajenas y desconocidas. Recogen el paquete, se montan en la bicicleta y entregan el pedido. Adivinando un poco el recorrido. Ignorando del todo lo que se transporta. Y luego, otra vez al punto de partida.
Hay algo de absurdo existencial en la obra, un no lugar, un no saber qué hacen los personajes en esa vida que se pierde en un bucle cotidiano de actividad para sobrevivir. Los seres que habitan ese descampado no son conscientes de su destino fatal pero en el público se genera una angustia vital ante un mundo que nos vuelve títeres sin futuro.
Adolfo Simón


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