Bailar hasta la extenuación.
Cuando ya parece que la danza tiene unos formatos o estéticas para poder encuadrar las diferentes fórmulas, aparecen propuestas que rompen esos límites. La semana pasada se pudieron ver dos montajes diferentes en el estilo pero conectados con la idea de buscar los límites del cuerpo, de indagar sobre la incomodidad para los intérpretes y el público.
«My Fierce Ignorant Step» de Christos Papadopoulos en los Teatros del Canal, dentro del Festival de Otoño nos sitúa en ese vértigo, durante una hora, en el que los diez excelentes bailarines, repiten constantemente una secuencia de movimientos con delicadas variantes y juegos mínimos entre ellos. El bucle físico fascinante provoca una estado zen en el público. Y, en «Calentamiento» de Rocio Molina en Centro Danza Matadero, siendo una de las grandes del flamenco, nos propone un montaje sin artificio, mostrando las entrañas y entretelas del viaje de un artista desde el tiempo antes de la escena hasta cuando la poética se instala en el escenario. Pocas veces podemos observar el sudor y el dolor que provoca el trabajo del baile hasta mostrarse ante la mirada del público. Una experiencia sin trampa ni cartón.
Adolfo Simón


Debe estar conectado para enviar un comentario.