Probablemente no haya un lugar en el mundo en el que la libertad de expresión tenga tanto valor, sentido y significado como en el escenario cuando lo pisa un cómico.
Es cierto que el escenario puede ser el púlpito desde el que adoctrinar en positivo o negativo. Es el único lugar donde no hay posibilidad de manipular el discurso, por eso hay que estar muy atento a que se le cuenta al patio de butacas, En Grito, durante dos horas, el actor transita de un tema a otro buscando un diálogo imaginario. Curiosamente, como hacían los bufones de la corte; algo que ya no existe hoy, se expresa la cruda realidad de nuestro tiempo, sin filtro ni maniqueísmo, al final, hay un «público» que espera esta visión del mundo.
Adolfo Simón











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