Lohengrin en el Teatro Real
Escrita en plena agitación revolucionaria, Lohengrin supone la primera unión perfecta entre poesía y música según los ideales estéticos del Romanticismo que el propio Wagner contribuyó a crear: la ópera es eclipsada por el drama musical. Aquí dos visiones de la realidad se enfrentan: la de Ortrud y su mundo de magia negra, frente a la luz, portadora de salvífica transformación, de Lohengrin, el caballero del Grial. Entre estos dos símbolos, se mueve la brutal sociedad de caballeros medievales, que vive sobre todo de la guerra. La joven Elsa es la única que busca la belleza y la luz de Lohengrin, pero su amor sucumbirá porque se empeña en comprenderlo. Ello lleva a preguntarse si el mundo masculino puede exigir una entrega absoluta sin indagación, razón por la que también Lohengrin fracasa. Así, solo el niño, con su inocencia, pueda tal vez vencer a la maldad. Aunque el montaje tiene un aire clásico por la opulencia del mismo, hay signos en la escenografía que recuerda a la obra de Oteiza y al vestuario que muestra los diferentes niveles de estatus en los personajes o la luz, que por momentos tiene un carácter divino en este espacio catedral-tumba donde transcurre la historia de amor puro que trata de abrirse paso entre las traiciones de la parte oscura que siempre habita en los seres humanos; con todos estos elementos se consigue contemporaneidad. De este modo, una fábula mítica se transforma en lo que desgraciadamente pasa a diario en nuestro mundo, el pulso entre el bien y el mal. La puesta en escena ha sido una creación de Lukas Hemleb y ejecutó magníficamente la dirección musical: Hartmut Haenchen.
Adolfo Simón


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