Trilogía de la ceguera en el CDN
Total oscuridad. Líquido, el tiempo gotea sobre tu cabeza como una tortura china. Silencio. Una gota y otra y otra y otra perforan las defensas naturales del ser humano, desgastan la resistencia de tu instinto de supervivencia. Los miedos, fantasmas del espíritu, se liberan y van tejiendo una densa telaraña neblinosa alrededor de tus córneas que, finalmente, empaña tus pupilas. Empaña tus sentidos. La sinestesia se instala en las puertas de tu percepción y gobierna todo lo que dentro de ellas acontece. En el corazón de la noche más oscura, en un callejón húmedo de ladrillo negro, se abre una puerta de emergencia al subconsciente. Los temores, drogados con estímulos desconocidos, bailan con la mirada perdida y la mandíbula desencajada al son de la adrenalina. Un unicornio del color de la espuma irrumpe en la sala a golpe de epilepsia reventando una pared de ladrillo visto, a lomos cabalgan dos enanos ciegos con nistagmus, envueltos en una nube de estupor, pintados de amor y miseria, emanan perfume a terror destilado. Tras ellos oscuridad, cristales rotos en el suelo con sabor a regaliz. Inundan la sala estridentes auroras boreales del color de las voces de los familiares que en este momento te esperan, te lloran sin saberlo, eternamente. Una pesada bola de espejos centrifuga las luces del norte para escupir después en escala de grises recuerdos vitales contra las paredes de piedra, musgo, árboles, tierra y raíces. Esto te devuelve a la realidad de estar perdiendo energía, la esperanza. Estás perdiendo la vida. Sabes que hay un agujero negro en algún lugar, te está tragando, te succiona, pero no logras descifrar el espacio que te rodea. No ves, sólo sufres con el viento que despeina a tirones la verdad de las cosas. Con las fuerzas que te quedan, imploras a la cruda negritud que todo termine cuanto antes, para bien o para mal. Que algo o alguien ponga fin a tu angustia, a tu estado de no ser, de sentir, degustar, oír, oler y ver más allá de los límites humanos. Estás asustado, estás aterrorizado. Es una pesadilla nocturna, debes tener fiebre. Pero te tocas la frente y estás frío, estás helado. Estás muerto.
Quique Rojas


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