Boris Godunov de Modest Musorgski en el Teatro Real de Madrid
Boris Godunov de Modest Musorgski en el Teatro Real de Madrid
Cuando vemos un documental sobre el desastre nuclear de Chernobyl y nos asomamos a esos edificios abandonados, donde la vida se interrumpió, es inevitable pensar que por allí pasó la mano del hombre y arrasó con todo. La historia de la humanidad es un bucle constante, parece que todo tiene que llegar a un punto para volver a empezar. El problema es que el ser humano no ha aprendido la lección y de nada le sirve la memoria, el horror vuelve a instalarse de nuevo tras los abusos del poder y aunque el pueblo retome las riendas terminará dándoselas de nuevo al tirano de turno. Boris Gudonov es la historia de un personaje del pasado pero también podría ser la de muchos que gobiernan hoy y el planteamiento de la puesta en escena deja muy claro esto, todo en la vida son ciclos y casi siempre nos terminamos encontrando con los mismos perros con distintos collares. Cuando sube el telón, ante nosotros se levanta un monumental edificio en ruinas, podría ser un ministerio, un edificio de viviendas o un hospital…lo que importa es que allí se aloja el pueblo que vive en la más absoluta miseria…Ese lugar se verá camuflado para ser trono de coronación, espacio de reflexión o salón donde urdir traiciones, pero debajo de los adornos o el oropel, el lugar sigue siendo el mismo…un mundo en ruinas sobre el que se construye y ya se sabe que si se edifica sobre muertos, estos se instalan en nuestras pesadillas. Al final de las cuatro horas de magnífico espectáculo, uno sale del teatro pensando y con el corazón encogido por la emoción…La grandiosidad de este montaje no tapa el discurso que contiene y es de agradecer. Al trabajo artístico de los distintos colaboradores del director de escena Johan Simons, hay que sumar la batuta sensible y firme del director musical Hartmut Haenchen y por supuesto, un elenco de actores-cantantes encabezados por Günther Groissbôck en el rol de Godunov que se entregan a esta propuesta con pasión y excelencia técnica; el coro de adultos y niños está también soberbio.
Adolfo Simón




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