Verónica de Carlos Molinero en el Teatro Maravillas
En 1988 Verónica murió con unas tijeras clavadas en las tripas en la fiesta de 3ºE para el viaje de fin de curso. Un suicidio inexplicable para todo el mundo excepto para sus cuatro mejores amigas. Ellas sabían que esa muerte estaba relacionada con una sesión de espiritismo realizada días antes.
Pero muertas de miedo no se atrevieron a decir nada y siguieron con su vida como pudieron.
25 años después vuelven a donde ocurrió todo. Pero Verónica no ha vuelto. Ella nunca se fue. Estas líneas nos sitúan en el inicio del espectáculo Verónica. El terror es una de las cosas más difíciles de escribir y todavía es más complicado conseguirlo en escena; a pesar de que el teatro es un espacio cerrado, no siempre se consigue esa atmósfera que nos haga sentirnos atrapados en la butaca, mirando de reojo constantemente hacia atrás. En esta ocasión se consigue en gran medida, tal vez ayuda el propio espacio teatral, pues tiene ese ambiente que podría asemejarse a un instituto cerrado donde todo puede ocurrir, lo deseable y lo temido. Verónica se asemeja a muchas de las historias que hemos visto en el cine y que se han quedado grabadas en nuestro imaginario, pero aquí, se añade que no es algo enlatado, ocurre allí, ante nuestros ojos y no podemos escapar porque estamos igual de atrapados que los personajes. La atmósfera del lugar está muy bien conseguida así como los efectos terroríficos. Y las cuatro actrices están estupendas en ese juego de atreverse a enfrentarse a sus fantasmas, aunque para ello tengan que pagar un terrible precio.
Adolfo Simón


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