Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

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«DOS TRONOS, DOS REINAS» en el TEATRO BELLAS ARTES.


La feminidad y la masculinidad del poder a través de dos mujeres antológicas: Isabel I de Inglaterra y María Estuardo. Dos mujeres luchadoras y transgresoras. Dos mujeres que dependían una de la otra.

Hay obras que se convierten en juguetes eternos para que actores o actrices pongan en escena todo su arsenal técnico. Dos tronos, dos reinas tendrá versiones múltiples en adelante porque es un duelo de personajes históricos que, además, permite que dos actores desplieguen sus habilidades magistralmente. No es fácil que un hombre interprete un personaje femenino, aquí, además, está la dificultad de mostrar toda una serie de aspectos concretos sobre el comportamiento de otra época y con un lenguaje poético, de todo ello sale airoso el reparto.

Adolfo Simón

«DÄMON. El funeral de Bergman» de Angélica Liddell-Teatros del CANAL.

Angélica Liddell invoca al cineasta sueco Ingmar Bergman, quien escribió el guion de su funeral como si fuera su última obra maestra, y le toma la palabra. Rodeada de actrices y actores del Dramaten –el Teatro Nacional de Suecia– y de sus habituales cómplices de su compañía, la intérprete española nos invita a contemplar nuestras fantasías enterradas y nuestros terrores tácitos, hasta tener que enfrentarnos al demonio final: no la Muerte, sino la Vanidad.

Sale Angélica y ensombrece todo lo anterior por muy enigmático que haya sido. Transita por el escenario como una sonámbula, como un ser desorientado…como si el escenario fuese un lugar inhóspito. Se mueve entre lo cotidiano y lo divino…y de golpe, abre la boca como si fuese una bruja poseída… y se revuelca en las palabras, las mastica, las grita, las engulle, las vomita… llega al hastío y al éxtasis… da latigazos a público con frases y pensamientos susurrados y gritados…invoca al delirio en una suerte de trance místico…y cesa la tormenta verbal… y llega el rito, el rito escénico… la mortaja, el entierro, el velatorio… han pasado dos horas llenas de vacíos intensos y de imágenes perturbadoras que se enquistan en el cerebro para siempre…y la soledad de la vida se clava en el centro del escenario, y la Liddell declara su amor al féretro de su idolatrado Bergman. Se despide como una fantasmagoría más. ¿Hemos asistido a una agonía, a una muerte, a un resurrección o somos fantasmas que pueblan el patio de butacas frente a la bruja resucitada?… Siempre hay que esperar que vuelva la sacerdotisa, solo ella sabe invocar el miedo y la redención.

Adolfo Simón