De payasos y funcionarios
Cuando alguien quiere insultar a otro, le dice…¡Eres un payaso!…y no sabe que en realidad, está diciéndole que pertenece a uno de los oficios más hermosos del mundo. Los payasos no tienen vida más allá de su nariz, lloran en los camerinos y gritan en las azoteas pero cuando salen a escena, entregan su corazón de papel secante para provocar una sonrisa al espectador que ha venido al teatro para olvidar su realidad…¿Su realidad?…¿Y si la realidad fuese lo que soñamos?…¿Y si en realidad nuestra vida fuese un sueño?…¿Qué habrá cuando despertemos y dejemos de hablar a solas reflejados en un espejo que se ha quedado dormido dentro de una maleta?. El minuto del payaso que por suerte se ha prorrogado unos jueves en Kubik es la oportunidad que tenemos para entrar en la privacidad del payaso y sus miedos, sus recuerdos, sus deseos, sus fracasos…y podamos ver la vida de otro modo, viva… la vida viva encarnada en la piel de un actor espléndido como es Luis Bermejo. Por suerte, los artistas no siempre son pasto de los desalmados funcionarios que tienen como cometido contabilizar el arte por puntos y a partir de aquí, sellar la carpeta del proyecto o creador…y dejarle en un sótano que huele a podrido y cerrado. Vitalicios en la Sala Mirador nos sienta ante el ritual rutinario de tres seres absurdos que ahogan su mediocridad y su falta de creatividad en la tarea de anular o eliminar a los que realmente se juegan la vida en el arte, dentro o fuera de un escenario…Son tan crueles verdugos que a veces, ejecutan de manera simbólica a los que basan su vida en imaginar otros mundos. Pero está claro, en tiempos de crisis, lo primero que hay que hacer desaparecer del mapa es a los artistas y a los viejos, ambos no valen para nada.
Adolfo Simón



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