Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

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“¡Es niña! o No despiertes el camino que duerme.” de Otso Kautto

Las transgresoras réplicas entre un padre (Manuel García) y una hija (Teresa Vallejo) construyen bajo los focos de La Casa del Lector y la dirección de Adolfo Simón, un arco dramático que refugia y estimula a un artista (Blas Nusier) armado con un lienzo en blanco. Dos personajes, junto con el performer, deambulan en coche sin más rumbo que el de su conversación. Con un fuerte aroma al “Lolita” de Vladimir Nabokov, infancia, sexualidad, descaro, roles familiares, impulsos freudianos y verdades sin tapujos ni vaselina se van materializando en papel, con Blas Nusier como médium.

En esta lectura dramatizada, la historia experimenta una evolución plástica de un inocente carboncillo a un pesado y voluminoso acrílico que empapa el papel hasta trascenderlo. El virginal pliego de inicio se abre de par en par al firme y palpitante arte de Blas Nusier. Éste embraga y acelera (nunca frena) en su trance creativo hundiendo sus pies descalzos en peluches y muñecas rubio platino, desnudas y tan expectantes como nosotros, los voyeurs. Con la atención a caballo entre el trabajo performático y el dramático, esta propuesta nos recuerda que el teatro, como el agua, como las pasiones y las necesidades humanas, se abre camino por donde sea, transformando sin remedio todo aquello que su humedad conquista.

A pesar de su origen finlandés, “¡Es niña! O No despiertes el camino que duerme.”, de Otso Kautto, se mimetiza con el calor veraniego que inunda Madrid sin posibilidad de huída, como la peste. Tras probar con diferentes juguetes, una de las muñecas, tan rubia y tan desnuda, es finalmente insertada por Blas Nusier en el centro empapado del cuadro, decapado y extasiado de pintura, que aún no comprende el curso de los acontecimientos desde sus tiempos de “tabula rasa” hasta la depravación de rojos y azules en que se ha convertido.

Descender a los infiernos de la psique es cuestión de segundos. O de casi dos horas si uno se entretiene en un violento revolcón de cuneta, palabras a pelo y caricias acrílicas.

Quique Rojasniñaz

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