Dorian de Carlos Be en La Pensión de las pulgas
Los niños juegan al dolor en las habitaciones azules…
Los niños se visten a escondidas con las ropas de sus hermanas…
Los niños descubren que el placer seduce y duele…
Los niños pintan cuadros con carmín y esperma…
Los niños se esconden tras máscaras y se anudan los tobillos…
Los niños rompen el tiempo en los relojes…
Los niños saben que la piel es efímera…y las caricias más.
Carlos Be ha escrito un hermoso texto que trasciende la historia de Oscar Wilde para hacer de este cuento de monstruos y efebos un viaje atemporal, que ocurrió o no en Turquía en el siglo IV y que podría haber existido en Nueva York o Paris en el siglo pasado. Nunca ha muerto Dorian porque él se esconde entre los pliegues de la piel cuando esta envejece. Este vampiro de sueños y deseos trasciende al tiempo y las guerras porque su misterio se camufla tras una sonrisa mortal. El autor casi ha escrito un tratado filosófico sobre la belleza, el dolor y el tiempo. Y lo sitúa certeramente en un mundo donde el arte vale lo que pagues con el cuerpo y la mente. Porque todos queremos atrapar la belleza pero más nos seduce si podemos dominar el deseo y los sueños de los otros. Un texto sólido, lleno de espacios literarios para la cabeza y para el corazón de quien lo escuche. Y además, se ha enfrentado a dar vida a lo dibujado en el papel y acompañado de un equipo de «niños deliciosos y traviesos» ha construido un mundo de fantasmagorías donde vemos pedazos del puzle vital de los personajes y por momentos, nos dejan entrever los rincones oscuros donde juegan a la ruleta rusa del amor. Si quieren ir a ver un trabajo ligero y divertido, no vayan a ver Dorian, solo han de acudir aquellos espectadores que deseen sentarse sobre butacas forradas de cuchillas de afeitar. Ahora bien, si quieren vivir una experiencia inquietante, vayan a ver esta obra a La Pensión de las pulgas y dejen que Dorian deslice por su nuca los labios y…no abran los ojos después.
Adolfo Simón


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