Revista digital de Artes escénicas -Año 9º-

«Don Juan Tenorio» en el Teatro Pavón

De nuevo volvemos a ver sobre las tablas al Don Juan, pero esta vez transformado por obra y gracia de una mujer que no es Doña Inés: Blanca Portillo. Una adaptación novedosa sobre el mito del Tenorio que intenta desmontarlo y ponerlo en otro lugar. «Creo que ya va siendo hora de que alguien llame al Tenorio por su nombre» ha dicho Blanca. Y es que para ella el Tenorio no es un héroe, no es ese mito del conquistador de corazones, seductor «gallardo y calavera». Para La Portillo el Tenorio es un modelo de destrucción, de crueldad, de desprecio por la vida propia y ajena y de una persona que no tiene capacidad para construir… Y así lo ha reflejado. ¡Ya está bien de ensalzar al villano!

Algunos ya han tachado el montaje de «desafortunado» pero hay opiniones para todos los gustos y la curiosidad por ver nuevas ideas puede más que unas críticas, porque al final la creatividad es lo que se debe de premiar, y sobre todo en el teatro.

Si para Zorrilla en su época el Don Juan fue una muestra de divertimento y manera de vivir hoy en día podemos poner en entredicho muchas de sus actitudes como hombre como persona y eso es precisamente lo que la directora ha querido. Para ello ha contado con un Don Juan con un tono de voz canalla y desgastada por la vida que acentúa más el matiz de destructor y mala persona, da más protagonismo a las mujeres, destaca el papel del personaje de Brígida, desvergonzada y provocadora sobre todo en una escena, brillante invención, de la que todo el mundo sale hablando por su «novedad», y, como sorpresa final, nos da una vuelta de tuerca en el personaje de Doña Inés que va a perder toda su inocencia virtuosa en el último «flash» de la obra.

Con un montaje escénico contemporáneo y minimalista que huye de convencionalismos como la ya manida «escena del sofá» y cambios de escena acompañados de la voz en directo de la voz de Eva Martín a ritmo del blues, nos encontramos ante un escenario atemporal que acentúa la contemporaneidad que se ha querido dar al argumento y nos presenta un espacio casi vacío donde se acentúa el fondo del texto.

Si bien es verdad que, es duro enfrentarse a dos horas y media de función sin descansos,por otra parte la curiosidad sobre esta puesta en escena nos mantiene pegados al asiento. Lo digo porque los entreactos musicales con su sobreabundancia alargan el tiempo y lo mismo pasa con una especie de espectros creados para enrarecer el ambiente y sumergirnos en el mundo de las ánimas pero también para  ayudar a los cambios de escena y aquí se pierde el ritmo trepidante que tiene que tener el verso y la obra.

Aún así merece la pena verlo, si es que aún quedan entradas, y aunque no estemos en noviembre porque este montaje de nuevo nos demuestra que el Teatro Clásico no está muerto, que puede ser reinterpretado de mil maneras y que hay que apostar por nuevas formas de expresión y de pensamiento en el acto teatral.

Luis Mª García Grande.

 

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