Revista digital de Artes escénicas -Año 9º-

“Rinoceronte” en el Centro Dramático Nacional

Ernesto Caballero ha rescatado de nuevo esta obra del teatro del absurdo en una época social y política en la que nos puede sugerir muchas cosas. En palabras de Caballero, Rinoceronte  es una fábula dramática  acerca de la propagación  y aceptación social del totalitarismo” Ionesco nos intentó explicar mediante su concepción de la vida “absurda” cómo podemos convertirnos en ovejas de un rebaño, en meros autómatas con tal de no asumir nuestra propia soledad  y nuestras propias convicciones. En esta fábula las personas de una ciudad poco a poco se van convirtiendo en rinocerontes, porque es lo que se lleva, porque es lo más cómodo, porque lo hacen todos… y “cualquiera puede convertirse ahora en un robusto y vigoroso rinoceronte”. Una situación absolutamente Kafkiana, pero en este caso referida a la sociedad y no a la persona en sí. Imagínense a cuantas situaciones se puede aplicar esto y qué vigencia tiene hoy en día.

Caballero ha pretendido seguir a Ionesco en su afán de creando situaciones escénicas que no tienen ninguna lógica y utilizando el lenguaje sin sentido alguno para poder resaltar el aislamiento y la extrañeza de los seres humanos. Para ello, durante el primer acto utiliza todo el teatro, y no sólo el escenario para que sus personajes circunden e invadan nuestro espacio también , provocando situaciones de inseguridad y desasosiego, más tarde va a centrarse más en el escenario, no sin renunciar a dos pasarelas instaladas en los laterales del patio de butacas por las que van a aparecer esos fantasmas rinocerontes creados para atraernos hacia el abismo.

Si bien el montaje escénico y escenografía de Paco Azorín pretende mantenernos en constante tensión, y cumple con este fin de una manera bastante firme, el texto sigue siendo algo farragoso, incluyendo escenas que a veces se hacen pesadas y redundan sobre la situación, escenas que pudieron ser más efectivas en su tiempo, pero que hoy en día necesitan algún retoque.  A partir de la escena de la metamorfosis de Fernando Cayo, bastante conseguida y con un gran trabajo actoral y corporal del intérprete, la atención dramática va en declive. La que la trama empieza fresca y ágil pero luego se va ralentizando todo y espesando bastante y el acto final no consigue despuntar más que otras escenas. Aún así, merece la pena asistir a ver un Ionesco y sumergirse a pensar sobre nuestra existencia y la banalidad de adorar a ídolos.

Luis Mª García Grande.

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