Revista digital de Artes escénicas -Año 9º-

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La Toñi: La vida es una discoteca, ¿no?.

toñi¿Cómo fue tu infancia?…
La verdad es que tuve una infancia muy feliz, es la única etapa de mi vida de la que no tengo ningún recuerdo amargo. Crecí en una ciudad pequeña, o pueblo grande, como quieras llamarlo, y soy de la generación que jugábamos en la calle, volvíamos con las rodillas peladas y tomabamos tostadas de pan de hogaza con un chorrito de vino. ¡Ah! Y en casa estaba Raquel, una mula preciosa con la que mi padre iba al campo, y me gustaba jugar en el heno a su lado y el olor de su sudor. Siempre he pensado que deberían hacer un perfume con sudor equino.

¿Es verdad que fuiste una niña robada?…
Mira, no me gusta hablar de intimidades, pero te voy a dar una exclusiva porque me caes bien. Ya adolescente, trajinando cajones en el cobertizo donde mi madre guardaba tesoros absurdos, encontré unos documentos con un nombre: «Marco Antonio Salvatore». Durante años creí que tenía un hermano oculto en algun lugar de Italia. Cuando pregunté mis padres se hicieron los locos, pero una noche les escuché discutir. Mi padre, como siempre que no tenía razón, gritaba demasiado como para mantener secretos: «El niño quiere saber, el niño quiere saber…» «¡Deja al niño que está muy bien como está, si no fuera por nosotros vete tú a saber que habría hecho con él esa puta italiana!» ¡Y así descubrí que era italiano! Todo encajaba, no era normal que aprendiera tán rápido las letras de las canciones de Mina…

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¿Estuviste secuestrada en la Orden del Santo Membrillo?…
No fue nada fácil, pasaron muchos años y tuve que tirar de muchos hilos para conseguir información sobre mi madre biológica, y gracias a un juez que fue un gran amigo mio y que hizo mucho por este país aunque se le ha tratado muy, muy mal, bueno, pues eso, que las pistas me llevaron al convento y como la madre superiora, Sor Leona, tiene mucho carácter y mucho que ocultar, tuve que poner todo de mi parte para que me abrieran sus corazones… No puedo juzgarlas, ¡es muy dura la vida conventual! Yo soy una mujer mundana, pero ellas, ellas viven entre fantasías y realidades muy manipuladas, ¡las pobres!
No fue un secuestro, fue una reclusión voluntaria y tengo mucho que agradecer a esa época de mi vida y a mis compañeras y hermanas.

Dicen que tuviste problemas con tus compañeras en un cursillo de peluquería siendo adolescente. ¿Por qué?…
Yo siempre he sido muy autodidacta, y eso, las que no tienen talento lo llevan muy mal. A mí el hacer las cosas según un manual me aburre y ya de joven, en un cursillo de peluquería me dio por experimentar con algunas compañeras ¡y se lió la de Dios! ¡Que si le estás friendo el pelo, que si se lo quemas, que qué cosa más horrorosa! ¡Pero mira por dónde, al final mi éxito fue reconocido y hoy en día todo el mundo sabe que fui la inventora del «body», un tipo de permanente muy abigarrada que se llevó mucho en los ochenta! Y eso fue gracias a mi espíritu creativo y a mi osadía al saltarme las normas.

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¿Cuándo descubriste que querías ser artista?…
De pequeña esperaba impaciente el sábado para poder ver Aplauso en la tele, ¡las coreografías de Giorgio Aresu eran mi sueño! Toda mi vida apuntaba al sábado. Me las aprendía del tirón, y eso que todavía no existían los vídeos y no las podía grabar, así que desarrollé una memoria fotográfica. Todavía hoy en día puedo reproducuir cualquier paso al momento, siempre fui muy dotada. Para el baile, se entiende.

¿Quiénes te han inspirado?…
Mis referentes son Romy Schneider -su vida fué un drama pero ella luchó por ser libre y arrancarse de la piel etiquetas de buena chica, de princesa angelical, y la verdad es que tuvo muy mala suerte con los hombres y eso no lo merecía… un poco como yo-. También me gustan mucho Rocío Jurado, Massiel, Mina y, por supuesto, Isabel Tenaille.

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Háblanos de la época de Elepé…
Fueron unos años preciosos, mis últimos años…
La verdad es que Madrid era una fiesta, ¡Tierno Galván! Un alcalde que nos invitaba a colocarnos. Respirábamos aire puro después de cuarenta años de dictadura. Elepé fué un referente de la Movida, fue agua cristalina en medio del desierto, para mí y para muchos. Allí reímos y lloramos y vomitamos y follamos y cantamos y bailamos y volamos como locos felices, porque los ochenta eran nuestros -siempre me encuentro ligada a Ana Diosdado sin saber por qué…-.
Lucía fue mi alma gemela, mi hermana mayor y pequeña. Y Ángel… Bueno, siempre estuve secretamente enamorada de Ángel, pero su pureza estaba más allá de nuestro mundo terrenal. Ni siquiera Lucía, que era el verdadero amor de su vida, pudo retenerlo.
Elepé fué un paréntesis, un regalo de la vida en el que hice grandísimos amigos, y tambien perdí a muchos otros… Allí me despedí de todos los que amé, y allí dediqué mi ultima canción a todas las personas que se fueron por el sida… Qué década la de los ochenta, y qué precio tan alto tuvimos que pagar.
Pero no nos pongamos tristes. La vida es una discoteca, ¿no?.

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Las heridas del viento de Juan Carlos Rubio en el Teatro Lara

¿Qué hace falta para que haya teatro-teatro?…Pues muy sencillo, una buena historia y unos actores en la cuerda floja de la escena. En Las heridas del viento hay una historia interesante que sorprende a cada paso de la pieza, no hay un momento en el que la atención del espectador decaiga porque la sucesión de giros que da la trama obliga a que no pestañeemos. Y además, el autor vivo, lo es más que nunca en esta función, acompaña la acción durante todo el tiempo, siendo cómplice con los intérpretes de todo lo que va sucediendo, dando el relevo a la voz de ellos para que cuenten su historia. El director está aquí sutilmente, solo da ocasión a que el autor se encuentre con los actores en esa frontera entre realidad y ficción. La historia nos atrapa porque todos hemos vivido un amor al límite o hemos dejado que nos amasen sin cortapisas, aunque después hayamos tenido que lamernos las heridas que el viento deja a su paso. Solo unas sillas, unos focos y a Mina de fondo…Ah! no, me olvidaba de los más importante, dos actores en un combate emocional contundente: Dani Muriel dando réplica a Kiti Manver que aparece bajando una escalera desde otro tiempo, otra realidad y frente a los ojos del público se transforma, en un juego queer, en el hombre que guarda todos los secretos de la función. Kiti Manver alcanza en este trabajo un nivel interpretativo difícil de superar, a partir de ahora habrá que llamarla: La Manver.
Adolfo Simón

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