Revista digital de Artes escénicas -Año 9º-

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Fernando J. López: Los escenarios pueden crear conciencias críticas y mentes libres

nando¿Cómo surge la obra que acabas de estrenar en el Teatro Bellas Artes?…
De mutuo desacuerdo surge a partir de dos vías diferentes que coincidieron casualmente en el tiempo. La primera fueron mis charlas en centros escolares como novelista. En ellas comento con mis lectores adolescentes títulos como El reino de las Tres Lunas o La edad de la ira y en esos coloquios salen muchos temas que les inquietan y que abren ante mí posibles historias futuras. En más de una de esas charlas se abordó la inquietud que les provocaba verse desubicados ante sus padres, perdidos en una guerra que no era suya y convertidos en armas arrojadizas entre uno y otro. Ese tema, que me pareció que era necesario abordar en el escenario, coincidió con que acababa de estrenar Cuando fuimos dos, una historia de amor entre dos hombres en la que pretendí captar la cotidianidad de una relación gay. Por ese motivo me apetecía cambiar de registro –pasar del drama a la comedia- y, a la vez, seguir trabajando en el mundo de la pareja, pero abordando en esta ocasión el momento de la ruptura. La suma de ambos factores dio lugar a esta comedia ácida en la que bajo cada risa hay una cicatriz y un poso de amargura.

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Háblanos del texto…Del proceso de escritura…
El proceso de escritura del texto fue especialmente complejo. Tenía claro que quería evitar la moralina, los juicios de valor y, sobre todo, el maniqueísmo. Necesitaba entender bien a los dos personajes y construirlos con idéntica grandeza y ruindad. Ninguno de nosotros somos, en nuestra inmensa mayoría, héroes ni villanos, así que intento que mis personajes reproduzcan esa misma realidad. Además, como el tema afecta a mucha gente –más de un espectador y espectadora suelta alguna lágrima en ciertos momentos de la función- necesitaba encontrar el modo de que la comedia funcionase y, a la vez, permitiese una reflexión a posteriori. Todo ello se materializó cuando di con la estructura que es, siempre, el primer elemento que decido tanto cuando abordo la escritura de una obra teatral como cuando me enfrento a una novela. Tenía claro que mi protagonista debía ser un personaje ausente: Sergio, el niño-mochila. Pues esta obra, en realidad, es la historia de su vida y de cómo los actos de los adultos encuentran su eco –irresponsable y peligroso- en los más menores. Si él era el protagonsita ausente, la obra tenía que estructurarse siguiendo el ritmo de su vida, es decir, como un curso escolar. De ahí que se componga de una sucesión de escenas breves que tratan de retratar, de modo impresionista, la evolución de la relación entre Sandra e Ignacio. Por último, como el curso al que se enfrentan tanto Sandra como Ignacio es el de aprender a comunicarse, la obra debía partir del yo para llegar al nosotros, de ahí que el primer acto –en nombre y en espacio- sea Ella; el segundo, Él; y el tercero, Ellos.

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¿De qué referentes estéticos o temáticos te has nutrido para su escritura?…
Los referentes surgen sin que los controles, solo eres consciente de ellos cuando has acabado el texto y te das cuenta de que hay muchos elementos de obras y autores que te gustan en ellos. En realidad, no hay obra que no sea una construcción de otras tantas anteriores de las que se nutre. En este caso, confieso que resulta evidente mi pasión por autores como Woody Allen –por el tono urbano de la pieza y su búsqueda de la profundidad a partir de la trivialidad- o Neil LaBute, en especial, en una de mis escenas favoritas de la obra, la del restaurante. Una escena que requería un director tan experimentado como Quino Falero y dos actores de la talla de Toni Acosta e Iñaki Miramón. Lo que hacen ambos en escena en esta obra es prodigioso: sin ellos no habría sido posible que De mutuo desacuerdo fuera como es.

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¿Cómo surgen las ideas y los proyectos en los que te embarcas?¿Qué te anima a participar en ellos?…
A veces surgen de mis necesidades expresivas: no puedo vivir sin escribir y sin tratar de retratar el mundo en el que vivo. Este es el caso de Cuando fuimos dos, con la que intentaba ejercer el activismo y la defensa de los derechos LGTB desde una propuesta que ahondaba en cómo el amor no admite etiquetas ni estereotipos, o el caso de De mutuo desacuerdo, donde quería ofrecer un retrato de la familia del siglo XXI alejado de ese buenrollismo tradicionalista que no tiene nada que ver con el concepto de familia actual. Ahora, por suerte, hay muchos más modelos –homoparentales, monoparentales…- y todos son válidos y necesarios mientras se respeten los derechos del menor. De eso y de la identidad tras una ruptura (¿quiénes somos cuando ya no somos parte de aquel a quien queríamos?) habla esta obra.
A veces, sin embargo, los proyectos surgen a partir de personas que me proponen aventuras que me apetece compartir, como mi nuevo texto, Los amores diversos, que no habría abordado si no fuera por el estímulo de trabajar con una actriz como Los amores diversos, que no habría abordado si no fuera por el estímulo de trabajar con una actriz como Rocío Vidal y de repetir con un director al que quiero y admiro tanto como Quino Falero.
Ahora mismo, por ejemplo, ando embarcado en la escritura de nuevos textos e incluso de alguna adaptación que son encargos de gente que me inspira por su implicación y su creatividad. Estar rodeado de personas así es siempre un enorme estímulo.

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¿Cuál ha sido tu evolución como autor?…
No sé si desde dentro es posible responder a esa pregunta. Creo que si tuviera que elegir un rasgo diría depuración. Cada vez busco una mayor precisión, una mayor estilización de la realidad que retrato. Prefiero sugerir a partir de situaciones y esbozos de vidas, dejando que sea el espectador quien complete el resto. Además creo que, frente a lo que debería ser más lógico, he ganado en espontaneidad: la experiencia y el rodaje me han permitido liberarme de miedos y abordar géneros y tonos muy diferentes entre sí. Esa diversidad me permite afrontar nuevos retos y, sobre todo, seguir creciendo.

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¿Crees que se puede aprender a escribir teatro?…¿Tienes un método para escribir?…
Creo que se pueden aprender técnicas, sin duda, pero es necesario partir de una voluntad de comunicación dramatúrgica. No es una pulsión tan infrencuente como creemos y sí estoy convencido de que a escribir se aprende escribiendo. Los talleres o incluso los master –y yo soy actualmente profesor de Dramaturgia en el Master de la Universidad de Alcalá de Henares y la AAT- permiten pulir errores, adquirir nuevas estrategias…, pero sobre todo, son un punto de unión con otros dramaturgos y el verdadero aprendizaje sucede al confrontar textos y experiencias.
En cuanto a mi método de escritura, como comentaba antes, suelo partir del tema que me ocupa y de la estructura. Creo que la forma es esencial para contar algo: el qué puede perder o ver tergiversado su sentido sin el cómo.

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¿Hay que esperar a que un texto se haya estrenado para publicarlo?…
Sin duda. Alguna vez lo he hecho a la inversa y al final he acabado arrepintiéndome. Los textos varían, evolucionan, crecen, mutan… Y esa vida hace que finalmente sufran modificaciones que los enriquecen y que es una pena que no se vean reflejadas en la obra publicada. En el caso de De mutuo desacuerdo, por ejemplo, hay una escena completa que surgió poco antes de los ensayos gracias a una conversación con Toni Acosta en la que, además de quedarme deslumbrado por el talento de quien iba a ser mi futura Sandra, di con una idea a través de esa charla que me permitía cambiar una escena que no me convencía por otra que, ahora mismo y por lo que vemos en la reacción del público, funciona perfectamente. Por eso en este caso la obra se va a editar justo a finales de este mes en Ediciones Antígona, porque ahora sí que el texto ha alcanzado su forma definitiva.

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¿Has realizado otras tareas en teatro además de la escritura?…Háblanos de ello…
Hace mucho tiempo también actuaba, aunque solo en plan amateur y, por suerte para los amantes del teatro, dejé de hacerlo pronto. Creo que era el peor actor del mundo… Y aún hoy me sigo poniendo nervioso cuando, en los estrenos, me toca salir a escena a saludar.
También he dirigido muchos de mis montajes y, aunque no descarto volver a hacerlo, ahora mismo me aporta mucho más el trabajo con otros directores. Así me ha sucedido con Quino, con quien desde Cuando fuimos dos he formado un tándem que me enriquece enormemente y de quien no dejo de aprender en cada nuevo proyecto que abordamos juntos. Quizá por eso ahora no me veo dirigiendo un texto mío, sino que prefiero verlo en manos de otro para que le aporte su personal punto de vista. Ese rasgo colectivo del teatro es lo que más me gusta de este género.

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¿Por qué escribes teatro?…¿Se puede vivir hoy de escribir teatro?…
Porque con quince años me enamoré de una función que vi en la Sala Triángulo gracias a una profesora de mi instituto. Se llamaba Retén y estaba escrita por Ernesto Caballero. Allí me di cuenta por primera vez del poder del teatro para poder alterar conciencias, provocar emociones y, sobre todo, llegar con fuerza a la sensibilidad del público. Por eso en mis obras, ya sean dramas o comedias, abordo temas aparentemente cotidianos que, en realidad, siempre encubren los mismos temas, dos ideas obsesivas que se repiten en todo cuanto escribo: la comunicación (¿realmente el lenguaje nos acerca? ¿y qué lenguaje: el verbal o el físico?) y la identidad (¿quiénes somos ante nosotros mismos? ¿y frente a los demás?).

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¿Cómo ves la situación teatral en estos momentos en nuestra ciudad?…¿En nuestro país?…
Ahora mismo veo un combate que se libra entre la desidia gubernamental –nuestro Ministerio de Educación y Cultura es, posiblemente, el que más ha despreciado la Educación y la Cultura en mucho tiempo- y las ganas y la voluntad de crear de mucha gente que estamos dejándonos la piel en este oficio. Me quedo con los segundos, claro, con toda esa generación de nuevos autores, actores y directores que estamos peleando día a día frente a la mezquindad de quienes prefieren ahogar el teatro con medidas tan inadmisibles como la subida del IVA cultural (no olvidemos que los escenarios pueden crear conciencias críticas y mentes libres).

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¿Qué montaje que hayas visto últimamente, te ha interesado?¿Por qué?…
No es fácil elegir un solo montaje que haya visto recientemente, pues –por suerte- hay mucho y buen teatro aquí y ahora. Pero admito que tengo debilidad por la versión de Romeo y Julieta que, bajo el título de Hey boy, hey girl, ha escrito Jordi Casanovas para La Joven Compañía. El proyecto en sí me parece excepcional y muy necesario, pero el trabajo del autor sumado al talento de los actores y a la magistral dirección de José Luis Arellano ha dado como resultado un espectáculo redondo en todos los sentidos.

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¿Alguna sugerencia para seguir creando y haciendo teatro en tiempos de crisis?…
¿Proyectos?…
La única sugerencia es la perserverancia. No hay crisis que no se pueda vencer con tenacidad. Aunque a veces la obstinación nos cueste cara y se nos quede media vida en ello…
En cuanto a los proyectos, ando ya trabajando en un monólogo femenino que verá la luz este año y que lleva por título Los amores diversos. Está protagonizado por Rocío Vidal y dirigido por Quino Falero, y se trata de un homenaje a la poesía a través de la historia de una mujer que, tras la muerte de su padre, se ve abocada a afrontar los recuerdos de una vida en la que no acaba de reconocerse a partir de los textos y de los versos que, desde niña, compartieron juntos. Es una obra en la que se habla del amor a la literatura, del amor ante los demás –hay una importante carga de activismo y visibilidad lésbica en el texto- y del amor a uno mismo. De nuevo, el tema que me obsesiona en todos y cada uno de mis textos: la identidad.