Revista digital de Artes escénicas -Año 12º-

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«Rinoceronte» en el Centro Dramático Nacional

Ernesto Caballero ha rescatado de nuevo esta obra del teatro del absurdo en una época social y política en la que nos puede sugerir muchas cosas. En palabras de Caballero, Rinoceronte  es una fábula dramática  acerca de la propagación  y aceptación social del totalitarismo» Ionesco nos intentó explicar mediante su concepción de la vida «absurda» cómo podemos convertirnos en ovejas de un rebaño, en meros autómatas con tal de no asumir nuestra propia soledad  y nuestras propias convicciones. En esta fábula las personas de una ciudad poco a poco se van convirtiendo en rinocerontes, porque es lo que se lleva, porque es lo más cómodo, porque lo hacen todos… y «cualquiera puede convertirse ahora en un robusto y vigoroso rinoceronte». Una situación absolutamente Kafkiana, pero en este caso referida a la sociedad y no a la persona en sí. Imagínense a cuantas situaciones se puede aplicar esto y qué vigencia tiene hoy en día.

Caballero ha pretendido seguir a Ionesco en su afán de creando situaciones escénicas que no tienen ninguna lógica y utilizando el lenguaje sin sentido alguno para poder resaltar el aislamiento y la extrañeza de los seres humanos. Para ello, durante el primer acto utiliza todo el teatro, y no sólo el escenario para que sus personajes circunden e invadan nuestro espacio también , provocando situaciones de inseguridad y desasosiego, más tarde va a centrarse más en el escenario, no sin renunciar a dos pasarelas instaladas en los laterales del patio de butacas por las que van a aparecer esos fantasmas rinocerontes creados para atraernos hacia el abismo.

Si bien el montaje escénico y escenografía de Paco Azorín pretende mantenernos en constante tensión, y cumple con este fin de una manera bastante firme, el texto sigue siendo algo farragoso, incluyendo escenas que a veces se hacen pesadas y redundan sobre la situación, escenas que pudieron ser más efectivas en su tiempo, pero que hoy en día necesitan algún retoque.  A partir de la escena de la metamorfosis de Fernando Cayo, bastante conseguida y con un gran trabajo actoral y corporal del intérprete, la atención dramática va en declive. La que la trama empieza fresca y ágil pero luego se va ralentizando todo y espesando bastante y el acto final no consigue despuntar más que otras escenas. Aún así, merece la pena asistir a ver un Ionesco y sumergirse a pensar sobre nuestra existencia y la banalidad de adorar a ídolos.

Luis Mª García Grande.

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«Tres sombreros de copa» en Nave 73.

La compañía 300 pistolas tiene por objeto recuperar los clásicos y darlos una vuelta de tuerca, haciendo un trabajo de investigación sobre ellos y llevándolos a su terreno y restaurando viejas joyas para que luzcan como nuevas. En este caso un Mihura reconvertido al vaudeville y al cabaret nos deja una grata sensación de boca. Nada como una pieza que fue precedente del teatro del absurdo para  darle ese baño de locura y desfachatez del cabaret y de las ferias ambulantes durante los locos años veinte, con una escenografía sencilla pero eficaz y suficiente para situarnos en la época. La capacidad de la compañía para transformar una vieja pensión en un teatro de varietés le hubiese encantado a Mihura, muy amigo de la noche, las mujeres y la buena vida.  Mihura sabía poner en entredicho una institución como el matrimonio, jugar con la vida alegre, y reírse de la misma, romper con lo establecido a través siempre de personajes algo estereotipados como el hombre apocado (Ninette y un señor de Murcia) las señoritas alocadas y cachondonas (La decente, Maribel y la extraña familia), los esperpentos maduros, … y hubiese disfrutado mucho con esta versión que imprime velocidad, comicidad y paroxismo al reflejo de lo que fue su propia vida.

El espectáculo se adapta perfectamente al espíritu de la sala Nave 73, de la cual puedes ver en nuestra revista también un reportaje aquí. Una sala acogedora y preparada para afrontar una larga trayectoria. Lo único que echo de menos es un poco más de información en los flyers y en la web sobre elencos y compañías, aspecto que estoy seguro de que van a mejorar con su rodaje.

Concluyendo, una versión excelente, muy bien interpretada y adaptada por los actores, que demuestran su versatilidad y buen hacer cambiando de registros y  una puesta en escena para disfrutar en la que se agradece que se acorte la obra gracias al ritmo vertiginoso que le ha imprimido Alvaro Morte, director de la compañía y en la que se reconoce perfectamente el espíritu de Mihura.

miguel mihura

Luis Mª García