Revista digital de Artes escénicas -Año 9º-

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A puerta cerrada de Jean Paul Sartre en La pensión de las pulgas

Este texto con traducción de Alfonso Sastre ya se ha convertido en un clásico del siglo XX, una obra atemporal por el tema que trata y el tratamiento dramatúrgico tan moderno que tiene; podría situarse en cualquier época y sociedad. La obra nos sitúa en un espacio mental y filosófico para reflexionar sobre la conducta humana. En ese lugar sin tiempo ni ubicación real, los seres, como animales enjaulados tendrán que buscar la salida o devorarse entre ellos. La pensión es uno de los espacios más idóneos donde he visto representado este texto, allí, no solo los personajes están en un callejón sin salida, los espectadores asistimos como testigos mudos a ese encierro del que también formamos parte. Ernesto Arias dirige con aplomo a los actores para que se manejen con tensión y soltura entre estas cuatro paredes sin salida.
Adolfo Simónapuertacerrada_cartel


Carlos Tuñón nos habla sobre su trabajo para la escena

tuñon¿Qué es el teatro para ti?… ¿Por qué haces teatro?…
El teatro me ha dado fundamentalmente la posibilidad de encontrar y definir unos principios, una manera de ver el mundo, de confrontar y analizar lo que ocurre. Antes podía posicionarme o no frente a determinados sucesos pero no podía hablar con derecho de casi nada. Eso me lo ha dado el teatro y no es poco. La posibilidad de encontrarme y encontrar a otros, de contactar, reflexionar y descubrir. Sobre todo eso, he descubierto tantas cosas y a tantas personas gracias al teatro que mirando hacia atrás no entendería el mundo del mismo modo. Hago teatro por la capacidad que tiene de redefinición constante. En cada proceso el teatro nos abre puertas para re-pensarnos una y otra vez, para ponernos contra el paredón de nuestras contradicciones, del fracaso, del abismo, de los discursos que enarbolamos como banderas y que no quedan en ningún lugar; es la posibilidad real de mirarnos de otra manera y de mirar el mundo de otro modo, y esto es, para mí, adictivo.

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¿Qué balance haces de tu trayectoria teatral?… Háblanos de tus últimos trabajos…
Comencé en el mundo del cine y del Periodismo en Sevilla, estudié realización audiovisual, producción, guión, etc…, y cuando cumplí veinte años una amiga me invitó a ver «Santa Juana de los Mataderos» de Brecht dirigido por Álex Rigola. Y aluciné… Sobre todo porque descubrí que «eso se podía hacer en el teatro», sentí esa conexión brutal con el público, la lectura contemporánea sobre un texto no ilustrándolo sino agregando otro mundo, el compromiso físico, emocional e intelectual de los actores en directo, el humor, la mezcla de lo divertido y lo didáctico (Brecht en estado puro) y ahí entendí que se podía disfrutar al mismo tiempo que se cuestionaba al sistema. En fin, me enamoré del teatro cuando descubrí que no era tan aburrido ni banal como nos querían vender, que había directores jóvenes haciendo nuevas propuestas y que dirigir escénicamente era transportar al espectador a un mundo maravilloso y en directo. Me aboné al Teatro Central de Sevilla (uno de los mejores del mundo, por cierto, donde estrena media Europa) y desde entonces no he dejado de formarme y aprender de cuantos que podido. Gracias al apoyo de mis padres, compañeros y amigos he podido dirigir siete montajes en estos diez años y con cada uno de ellos el cuestionamiento y la incertidumbre han sido los pilares donde sujetarme: lo importante es lo que queremos generar en el espectador y lo que éste nos quiera devolver. El último montaje que he dirigido como proyecto final de estudios en la RESAD ha sido «La evitable ascensión de Arturo Ui» de Brecht y para mí ha sido como cerrar un ciclo que comenzó con «Santa Juana» hace diez años. En este espectáculo, como ocurre en “La cena del rey Baltasar”, hay una preocupación por crear un contexto donde el público pueda arrojar luz sobre el trabajo realizado, donde su impacto sea determinante en la pieza y en el proceso de investigación. De ahí la fundación de [ los números imaginarios ] como proyecto de investigación teatral y de LA MANADA como centro de estudios y formación para actores y directores.

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¿Cómo surge el proyecto de «La cena del rey Baltasar»?… Háblanos del montaje…
El proyecto surge como trabajo de investigación sobre el género del auto sacramental. Queríamos reflexionar sobre el sentido primigenio que tenían estas representaciones en el Siglo de Oro español, su alta codificación y si tiene sentido montarlas hoy, o de qué manera hacerlo. El texto de Calderón es paradigmático en este sentido y a la vez es, rara avis en este tipo de textos, una obra que comienza con conflicto en marcha y que potencia la acción por encima de la descripción. La obra gira en torno al rey Baltasar, descendiente de Nabucodonosor, quien desafió a los dioses con la construcción de la torre de Babel. En el auto, Baltasar se erige como un heredero directo de esta estirpe mítica y no duda en considerarse un Dios en la Tierra. El contrapunto en la pieza lo representa Daniel, el profeta, que no dudará en cuestionar la osadía de Baltasar y para ello invoca a la Muerte, no para que se lleve a Baltasar sino para que le «aterrorice» y se arrepienta de todos sus pecados. Nos parecía muy revelador el uso del «terror» como medio de extorsión en el hombre, ya que Daniel, por sí solo, no dispone de suficientes argumentos para convencer a Baltasar ni al auditorio; de ahí que en la pieza la presencia de ambos (el profeta y la Muerte) sea determinante para el transcurso de la acción.
Otro de los temas ampliamente estudiados en el auto es el desdoblamiento de Baltasar en sus partes simbólicas (Vanidad, Idolatría, Pensamiento) y en nuestra puesta hemos querido ir más allá, de modo que todos los personajes que aparecen son «literalmente» las partes jóvenes y añoradas del rey, representaciones no reales de su mundo interno, incluyendo a la Muerte y a Daniel. Y por ello, el propio Baltasar necesita de ellos para vivir y para actuar, al encontrarse encerrado en un cuerpo enfermo y vencido, en un estado de parálisis que supera gracias a sus alegóricos partenaires.
Como tercera punta de lanza tenemos el dispositivo escénico creado para el público. En lugar de recibir la representación desde lo alto, en carras, sobrevolando al público en el objetivo de edificar y conmemorar el Corpus Christi, en nuestro caso hemos sentado al público alrededor de una mesa, doce comensales como en una “última cena” profana, donde compartirán pan y vino junto a Baltasar y sus alegorías; de pronto, el auto ocurre alrededor nuestra, presenciamos la disolución de la máscara del actor, tomamos partido o no de la acción en favor de Baltasar o de Daniel, contactamos con la celebración, la vida, la enfermedad y la muerte de una manera directa, sin interferencias, viviendo una experiencia donde la inmersión y la relación con el entorno es íntima y personal. Y aún así, después de todo, seguimos estando en el género, ya que se celebra la eucaristía, se sacraliza un lugar profano, se reflexiona sobre los pecados del hombre, se espectaculariza el formato con música en directo, juego de luces, números coreografiados, etc…, es decir, reflexionamos desde el género y el autor pero dándoles actualidad y sentido hoy. O al menos eso es lo que intentamos.

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¿Hubo ocasión durante el proceso para que los actores aportasen ideas en la puesta en escena?… ¿Cómo ha sido el proceso creativo?…
El proceso que plantemos desde [ los números imaginarios ] y LA MANADA es considerar al actor como un creador más, un artista con voz y criterio para tomar decisiones activas a todos los niveles, no sólo en lo que se refiere a su parcela como intérprete. Hemos puesto en cuestión la propia narrativa del auto, el formato, el género, el dispositivo, la tesis… Todo lo que tiene que ver con un análisis profundo de la obra ha sido consensuado entre todos, no sólo actores, sino con el resto del equipo artístico. Aún hoy seguimos función a función reflexionando sobre las conveniencias y dificultades de la pieza, siempre hay modificaciones, matices, lugares donde arrojar luz, y siempre partimos de la misma premisa: si está vivo, se mueve. Si no se mueve, es que no está vivo. Por eso no compartimos el mecanismo del «bolo», cuando de pronto se decide que la obra de teatro ya está estrenada y sólo hay que repetirla, una y otra vez, una y otra vez. Lo que intentamos trabajar, semana a semana, es que el público viva una experiencia única, y para eso, el único camino que hemos encontrado es que efectivamente sea único también para nosotros, nuevo y vivo. Y sin reflexión, sin conciencia de lo que estamos haciendo, sin respeto por la vivencia, la experiencia y la re-actualización constante, creemos que es imposible. O al menos muy complicado de conseguir.

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¿Hay algún referente técnico o artístico del que has partido para la adaptación y la puesta en escena?…
Tengo debilidad por el trabajo de Thomas Ostermeier que viene desarrollando en Berlín desde hace quince años, por sus lecturas contemporáneas sobre textos clásicos, su conexión con el público y la ruptura de fronteras, la estética dura, la música en directo con referentes pop, la expresividad en la interpretación, etc… A nivel estético hay conexiones con el trabajo de Castelluci, Pandur, Lepage, pero todos satélites lejanos; realmente estamos en la búsqueda de un lenguaje propio que parte fundamentalmente de la experiencia con el espectador y la disolución de la máscara del actor y en este sentido los dos modelos más cercanos son Álex Rigola, como ya comenté al principio, al que he tenido la suerte de acompañar en un proceso creativo para el Teatro de la Abadía, y Andrés Lima, al que acabo de asistir en prácticas de dirección con Los Mácbez y que plantea un proceso de trabajo ejemplar para mí: trabajo conjunto con todos los departamentos desde el día uno, lectura y re-lectura de la fuente original para después estirarla hasta otros mundos, el humor, el disfrute en la puesta en escena, etc…

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¿Qué función crees que ha de tener hoy el teatro para la sociedad en la que vivimos?…
En lugar de generar significados para que el espectador tenga que desentrañarlos (como viene siendo tradición desde el clasicismo ilustrado) creo que la sociedad necesita un teatro que genere contextos donde el público se encuentre y comparta con los creadores mundos posibles, donde la reflexión y el impacto sean reales, donde haya intercambio de ideas y de experiencias, no un teatro escaparate que siempre se desarrolle de la misma manera, que ofrezca el mismo «producto» y el escenario sea un mero contenedor. El teatro nos obliga a repensarnos, a identificarnos y a mirar hacia al lado, hacia dentro, hacia fuera. Sólo este acto, el acto de mirar a otro haciendo o diciendo algo, es tan contundente que tiene sentido por sí mismo.

¿Cómo crees que está afectando la subida del I.V.A. y los recortes al
teatro?…
Se habla mucho de este aspecto pero me gustaría desviar la mirada hacia otro lugar. Está claro que el país donde vivimos no cree en la cultura ni en el teatro, o siendo justos, no cree en la cultura y el teatro incómodo para el propio sistema. Se castiga al espectador, se castiga a las salas de exhibición, se castiga a las compañías que vivían de subvenciones y de giras, etc… Nunca tendremos a un dramaturgo o director como presidente, (como sí ocurrió con Vaclav Havel) ni tendremos I+D+I en industria cultural ni estaremos en la vanguardia teatral europea. Ahora bien, el verdadero problema, donde habría que mirar con lupa porque es un teatro irrecuperable es el teatro “en la sombra”: las salas alternativas de nueva creación, las compañías de pequeño formato, las apuestas por el teatro postdramático, discursivo, asociativo, de investigación sin fines comerciales… Ellos tienen el verdadero problema porque nadie habla, porque los empresarios pierden espectadores, ayudas y giras pero los que nunca optaron a ellas, los que jamás existieron oficialmente, pero existen, estos son los que conforman el tejido cultural invisible y donde realmente está el futuro del teatro español, en los «jóvenes locos y raros» que hacen teatro imposible, ahí es donde está la vanguardia y esto es lo que está desapareciendo: la asunción de riesgos reales, la apuesta por el fracaso en pos de una experiencia no oficial ni oficiante, el teatro anti-sistema no porque lo critique sino porque se encuentra en sus límites, en sus fronteras. Ahí está el germen de lo que podría llamarse la «esperanza de las nuevas ideas» que se están extinguiendo, y como seguimos hablando de los que se mueren permitimos, queramos o no, que “los otros” no puedan nacer.

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¿Alguna sugerencia para seguir creando en tiempos de crisis?…
Aunque suene a tópico, realmente no hay recetas ni soluciones inmediatas, el camino seguro es el de la incertidumbre y la asunción del fracaso. Sobrevivir, tener éxito, que te reconozcan…, todo esto no hace más que incrementar la frustración y la parálisis. Hay que crear y seguir creando, investigando, reflexionando, con pocos medios, con los que haya, pero seguir «haciendo», solo, con gente, con nueva gente, de nuevo solo, pero seguir en este camino si es lo que realmente quieres hacer, si es lo que te hace feliz, no esperando rendimiento, o esperándolo, pero no con hipotecas creativas. Esto de “voy a llamar a este actor o voy a hacer este texto porque así voy a poder moverlo” es algo que lamentablemente hoy ya no es garantía de nada. Puede funcionar o no, pero puestos a arriesgar tiempo, dinero y vida, mejor hacerlo con un barco en el que creas, y si te hundes, te hundes con todo, pero fiel a lo que querías compartir. Ésta es al menos mi manera de verlo, me vaya bien o mal, siempre podré decir que era lo que quería hacer y como lo quería hacer.

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¿Qué obra de teatro has visto últimamente?¿Qué te pareció?…
«El banquete» dirigido por Sonia Sebastián, un montaje muy interesante y revelador sobre cómo entendemos “el amor” hoy. Me pareció muy elocuente la elección dramatúrgica: un monólogo para cada personaje escrito por un dramaturgo diferente. Traducen escénicamente la heterogeneidad del discurso platónico y me sedujo mucho los momentos patéticos, cómo presentan a Sócrates (viejo, perdido, irónico), su relación con Alcíbiades, el trabajo de Hui Chin, vamos, disfruté mucho de la puesta y creo que es un espectáculo emprendedor que ojalá pueda girar.

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¿Proyectos?…
Actualmente con [ los números imaginarios ] y LA MANADA estamos inmersos en un nuevo proyecto llamado «NO EXIT», que estrenamos el próximo 30 de mayo: una reflexión sobre nuestra incapacidad para adaptarnos al otro. Partimos de «A puerta cerrada» de Jean Paul Sartre y estamos en co-producción con Atolladeros, compañía que viene trabajando desde hace años con actores con diversidad funcional (motriz, intelectual y sensorial) y con Espacio en Blanco donde residimos desde hace un año. Volvemos a generar un dispositivo especial para treinta personas que vivirán en «el infierno» durante una hora y compartirán qué supone generar espacios de incomunicación o de inaccesibilidad en el otro, en el que es diferente a mí. Será un montaje cien por cien accesible para el espectador sea cual sea su diversidad y esperamos poder moverlo por espacios no convencionales.

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